A la mayoría de nosotros nos asustan los retos que día a día la vida nos propone para crecer y evolucionar. Y lo triste no es que nos asusten, porque somos humanos y el miedo es una de las emociones que más necesaria es y que más nos apoya, sin él nos arriesgaríamos muchas veces sin necesidad poniendo en peligro nuestra existencia en la tierra. El miedo nos hace ser prudentes y pensarnos las cosas dos veces antes de hacerlas. Pero cuando nos asustamos y nos quedamos paralizados por los retos necesarios para nuestra evolución, aquí es cuando tenemos un verdadero problema, porque todavía no hemos aprendido, que cuando se nos plantea uno, potencialmente en su interior se haya la solución. No es la enormidad o la pequeñez del reto que se nos plantea, sino la creencia de que no somos capaces, de que "no podemos" llevar adelante tamaña empresa.
Las relaciones entre olvido y perdón son sensibles y complejas. ¿Es el mismo el perdón que se pide y el que se da? ¿Es justo que quien ha sido ofendido, lastimado o humillado no vea reparado su dolor y que quien ofendió, humilló o lastimó no cumpla con esa reparación? ¿Es siempre posible reparar? Hay heridas de tal profundidad que el dañado sólo puede perdonar si logra convencerse de que no existieron. Es decir, si consigue negar parte de su propia historia y condición. El simple hecho de pedir perdón no es suficiente si no hay acciones reparadoras. Pero un acto no es reparador según el juicio del ofensor, sino según el sentimiento del ofendido. Por otra parte, olvido y perdón no son sinónimos. Y si se confunde olvido con pérdida de la memoria no habrá reparación. Como suele repetir la psicoterapeuta y escritora Elisabeth Lukas , quien perdona y olvida, olvida lo que perdona. En este caso, no hay procesos de transformación ni aprendizajes.

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