El sufrimiento forma parte de la experiencia humana. Las personas se dañan unas a otras: dañamos a otros y otros nos dañan. Saber esto es comenzar a ver con claridad. No sólo somos víctimas. Muchas veces nos convertimos en verdugos empeñados en escarmentar a quienes nos han hecho sufrir. La única manera de solucionar esta adicción a culpabilizar al resto, y reaccionar en consecuencia, es hacernos amigos del dolor, de la soledad y del sufrimiento propio para entender el de los demás. La compasión surge cuando uno reconoce que ha estado en el mismo punto. Enfadados, celosos, solitarios, rencorosos…tenemos comportamientos extraños y contrapuestos que los demás tampoco entienden. Si nos sentimos solos, decimos palabras crueles; si queremos que alguien nos quiera y no lo hace como deseamos, lo insultamos; si tenemos miedo a que nos abandone, lo ignoramos… reacciones que llevan la semilla de la incongruencia en sí mismas. Comenzamos a ponernos en los zapatos del otro cuando reconocemos, no que somos superiores y desde ese pedestal perdonamos, sino que hemos estado en el mismo estado y reaccionado de idéntica forma. Cuánto más conocemos nuestros venenos, más entendemos los de los demás.
Las relaciones entre olvido y perdón son sensibles y complejas. ¿Es el mismo el perdón que se pide y el que se da? ¿Es justo que quien ha sido ofendido, lastimado o humillado no vea reparado su dolor y que quien ofendió, humilló o lastimó no cumpla con esa reparación? ¿Es siempre posible reparar? Hay heridas de tal profundidad que el dañado sólo puede perdonar si logra convencerse de que no existieron. Es decir, si consigue negar parte de su propia historia y condición. El simple hecho de pedir perdón no es suficiente si no hay acciones reparadoras. Pero un acto no es reparador según el juicio del ofensor, sino según el sentimiento del ofendido. Por otra parte, olvido y perdón no son sinónimos. Y si se confunde olvido con pérdida de la memoria no habrá reparación. Como suele repetir la psicoterapeuta y escritora Elisabeth Lukas , quien perdona y olvida, olvida lo que perdona. En este caso, no hay procesos de transformación ni aprendizajes.

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